Zombis muy en serio
Un texto recobrado de Raquel
Les damos la bienvenida a este texto recobrado de Raquel, que apareció en la revista Muy Interesante hace algunos años.
Los zombis están entre nosotros. No me digan que no los ven: últimamente, se asoman desde las consolas de juegos y las series de televisión; se arrastran con muchos trabajos o galopan a gran velocidad en las pantallas del cine (dependiendo del gusto del director en turno) y hacen incursiones incluso en playeras, mochilas, juguetes y pantuflas. Y, por supuesto, están en los libros. Tímidamente, hay que admitirlo, pero sin detenerse.
Es curioso: la mayoría de los monstruos que se han vuelto famosos en la cultura popular tuvieron un momento de gloria en la literatura antes de pasar a todos los otros medios. El vampiro, por ejemplo, ya era bien conocido por las leyendas folklóricas de muchos lugares, pero fue a partir de la novela Drácula, de Bram Stoker, que se definieron sus características, las que quedaron fijas en la mente del público, y que se repitieron en infinidad de otros libros (y películas, cómics, etcétera), fuera para reafirmarlas o para tratar de derribarlas. Incluso los vampiros rockstar de Anne Rice y los vampiros cuasi-veganos de Crepúsculo parten de la historia de Stoker para tratar de cancelar o agregar características al mito.
Lo mismo ocurre con el autómata, que encontró su descripción estándar en Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley; el loco semi-desfigurado condenado a la soledad, que encontró su icono en El fantasma de la ópera, de Gastón Leroux; y hasta el hombre lobo y la momia que resucita tuvieron referentes literarios, actualmente poco recordados pero que son la base de muchos de los elementos que nos hacen recordar a esos seres sobrenaturales. Se trata, respectivamente, de El hombre lobo de París, de Guy Endore y El romance de la momia, de Théophile Gautier.
Sin embargo, no ocurre este mismo fenómeno con el zombi, que ha encontrado en otros lados el campo fértil para evolucionar: aún no existe el “libro definitivo” sobre este personaje, lo que permite que existan muchos modelos distintos sin que una voz airada se levante a decir: ¡ese zombi es un fraude! O alguna cosa por el estilo. De hecho, ni siquiera se ha logrado un acuerdo con respecto a la ortografía correcta en español: ¿zombi o zombie?
Curiosamente, el interés inicial por el zombie sí se debió a un libro, pero no fue una novela o un cuento: fue el tratado antropológico La isla mágica, de William Seabrook, publicado originalmente en 1929. Estas historias acerca de los falsos muertos, raptados de sus propias tumbas y convertidos en esclavos sin voluntad, llamaron fuertemente la atención del público (primordialmente del anglosajón) [Pueden ver más sobre el tema en el artículo XXX, página XXX]. Lo que más interesaba de esta obra era la descripción de rituales macabros en escenarios exóticos y, probablemente, el lector con hambre de historias terroríficas de muertos caníbales se sentirá muy decepcionado al leerla (pero en caso de que quieran echarle un ojo, hay una edición de 2005 publicada por Valdemar).
Una vez pasada la fiebre antropológica desatada por la isla mágica, el zombi volvió a su tumba literaria por varias décadas y fue hasta 1968 que se dio un fenómeno rarísimo, un movimiento literatura-cine-literatura, por decirlo de alguna manera. El origen de este segundo brote fue una novela de vampiros: Soy leyenda, de Richard Matheson. En ella, el último ser humano trata de sobrevivir en una Tierra donde el resto de la gente se ha convertido en criaturas bebedores de sangre. Durante el día, el protagonista busca las madrigueras de estos seres para aniquilar tantos como puede y en las noches se esconde de ellos, hasta que un día se percata de que, por simple aritmética, la población normal ahora son los chupasangre, lo que lo convierte a él en el monstruo.
Hasta aquí, nada de muertos andantes come-cerebros, ¿cierto? Pues bien: un joven director de cine se basó en esa historia para crear una película de horror. Entre los cambios que hizo sobre el argumento de Matheson (que son muchos), incluyó uno que resultó clave: los muertos se levantaban de sus tumbas con un deseo irrefrenable de carne humana. La película, en la que jamás se menciona la palabra zombi, fue un auténtico éxito y trajo consigo un nuevo interés: historias de muertos redivivos hambrientos (como los vampiros) que se levantan de sus tumbas ignorantes de su antigua identidad (como los zombis vudú), pero haciendo gran carnicería al satisfacer su apetito (como los hombres lobo) y a menudo escapando del control de sus creadores (como el monstruo de Frankenstein).
Resultó ser una fórmula ganadora. La gran demanda del público hizo que muchos editores trataran de vender como historias de zombis cuentos y novelas previos a este interés. Muchos fueron un verdadero fraude: ¿Berenice, de Edgar Allan Poe, como historia de zombis? Pero una noveleta que sobrevivió muy bien a la imposición de esta nueva etiqueta fue Herbert West. Reanimator, de H. P. Lovecraft. Escrita en 1922 como un intento de parodiar Frankenstein, según comenta el propio Lovecraft en algunas cartas que envió por aquellos tiempos. La historia versa sobre cadáveres reanimados mediante experimentos científicos que salen de control y asesinan gente de formas harto gore y es considerada una de las obras peor escritas de su autor. Así que, como con La isla mágica, estamos de nuevo ante una gran idea que, de haber estado contada de otro modo, habría podido ser el equivalente zombi de Drácula.
Y es que, al principio –como bien lo ha expresado el escritor y guionista John Skipp en su ensayo “The long and shambling trail to the top of the undead monster heap” (Zombies, encounters with the hungry dead, Black dog and Leventhal Publishers, 2009), los zombies eran “los esclavos definitivos”: carentes de voluntad, ignorantes de su pasado, ajenos a cualquier sentido de identidad individual, estos rebaños de exhombres (y una que otra exmujer) aterrorizaban al público por la perspectiva de la aniquilación total de la voluntad humana.
Pero por suerte (para el zombie y para sus fans) el imaginario colectivo decidió usar esa misma palabra para denominar a otro tipo de muertos vivientes: los ex-seres humanos reanimados cuyo único objetivo es destruir a sus antiguos colegas de especie en la película de un joven director hasta entonces desconocido.
Era, obviamente, George Romero. A sus 28 años, había dirigido sólo comerciales de televisión, pero tenía el firme propósito de hacer una película divertida, interesante. Curiosamente, para el guión se basó en la novela Soy leyenda, de Richard Matheson. Cambió las hordas de vampiros anárquicos por enjambres de muertos vivientes y conservó la atmósfera de desolación de los personajes encerrados, sitiados por los monstruos, aparentemente sin escapatoria. Más importante: introdujo por primera vez el canibalismo en todo su esplendor, rompiendo así uno de los tabúes más estrictos del cine hasta el momento.
Así, a partir del filme de George Romero, la aterradora sumisión del zombie haitiano dio paso a un nuevo horror: el colectivo irracional, con el que no se puede negociar ni pactar, que despoja al individuo no sólo de su voluntad, sino también de su conciencia y hasta del último rastro de humanidad. Estamos ante el monstruo perfecto.
Casualmente, en la primera película de Romero (La noche de los muertos vivientes, 1968) nunca se usa la palabra “zombie”; pero pronto se popularizó el término para designar a sus monstruos. Fue cosa de tiempo (y ni siquiera de mucho tiempo) para que otros guionistas y directores adoptaran y recrearan esta versión del zombie.
En general, estas películas tienen en común varias cosas:
Se centran en un grupo limitado de sobrevivientes que deben enfrentarse a la amenaza zombie
Nos presentan a los monstruos como hordas invencibles, más por su número que por sus “poderes especiales”
Si bien nos regalan escenas deliciosas de canibalismo o de orgías de sangre, la tensión dramática reside en las diferencias al interior del grupo de sobrevivientes
Lo más sorprendente es que, pese a los años transcurridos desde entonces, a lo limitado de la fórmula y a la gran cantidad de filmes sobre el tema, el interés por los zombies parece no agotarse y, aunque hay muchas películas donde se aborda el asunto en un tono cómico, este monstruo no se ha suavizado al modo del vampiro. Por el contrario, aún en las historias menos sangrientas (me viene a la mente la genialPontypool, de Bruce McDonald, de 2008) o en las más delirantes (como El desesperar de los muertos, de Edgar Wright, 2004), la presencia zombie resulta aterradora, cuando menos.
Esto se debe, muy probablemente, a que las películas de zombies han sabido combinar el miedo básico a ser devorados o convertidos en parte del ejército de caníbales sin voluntad con otros temores: a la Otredad (como en las películas de Romero), a una guerra nuclear (como El regreso de los muertos vivientes 2, de 1988, dirigida por Ken Wiederhorn; por cierto, es la primera película donde los zombies dicen “Brains!”), a una mutación genética (por ejemplo, Exterminio, de Danny Boyle, 2004, que ha tenido continuaciones en 2006 y 2025), a una madre castrante (se puede ver en Tu mamá se comió a mi perro, de Peter Jackson, 1992), a la discriminación social (Fido, de Andrew Currie, 2006) o al lenguaje mismo (y aquí vuelvo a citar Pontypool).
Lo mejor de todo es que nos encanta horrorizarnos. Mientras esto no cambie, el zombi seguirá siendo una de las grandes amenazas en el cine. Porque, a fin de cuentas, se trata, como los demás monstruos, de la exacerbación de El Otro, el que es distinto a mí como espectador. Pero, dentro de la Otredad, el zombie es el peor escenario posible.
Como dijo en alguna ocasión el escritor de terror Clive Barker, “Los zombies son el monstruo ideal de fines del siglo XX. Un zombie es algo con el que uno no puede lidiar. Sobrevive a todo. Frankenstein y Drácula pueden ser vencidos de muchas formas. Los zombies no. No se puede negociar con ellos. Ellos simplemente continúan persiguiéndote. Los zombies consisten en la necesidad del ser humano de lidiar con la muerte. Representan una cara muy específica de ésta. Y el hecho de que podamos hablar de esto, echa por tierra la teoría de que el género no puede tomarse en serio”.
¡Estén pendientes de más artículos y lecturas en voz alta! Y muchas gracias por haber leído este.




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Gracias, Raquel, por todas las recomendaciones de libros y películas que haces en este artículo.