El autómata increíble
(no, no es inteligencia artificial)
¡Hola!
¿Cómo les va? Esperamos que estén muy bien. Aquí está nuestro boletín para el mes de marzo de 2026.
Qué gusto que se animen a seguir leyéndonos y acompañándonos, sea como suscriptores gratuitos o de paga. Ya saben que esta es su casa. 🥰
Y no olviden que siempre pueden escribirnos. Pueden hacerlo en cualquiera de nuestras redes sociales, respondiendo directamente a este correo, o a través de las formas de contacto en las páginas de Alberto o Raquel.
Finalmente, si conocen a alguien que podría interesarse en este boletín, ¿se lo podrían reenviar? Todo lo que hace falta es apretar este botón:
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Este mes en YouTube
Lo que hemos planeado para el mes de marzo de 2026 es lo siguiente:
3 de marzo: #Escritura2026 — Cómo hacer un cuaderno de notas
10 de marzo: Agatha Christie (no pudimos el mes pasado, pero ahora sí)
17 de marzo: Poesía contemporánea en lenguas mexicanas
24 de marzo: La escena oscura y la música dark
31 de marzo: Georges Méliès, el mago del cine (¡a petición del público de Metrópolis!)
Todos los programas serán a las 21:30 horas, tiempo del centro de México, en nuestro canal de YouTube, donde también está disponible el archivo completo de nuestras transmisiones y videos desde 2015.
Cosas por venir
Alberto va a andar carrereado este mes de marzo promoviendo su libro Las máquinas enfermas…
Miércoles 4 de marzo — a las 11:00 (tiempo del centro de México), Alberto participará en una charla en línea con la escritora Valeria Correa Fiz. Hablarán de Las máquinas enfermas, el libro de Alberto. Cualquier persona puede participar gratuitamente a través de la plataforma Zoom. Los datos para ingresar a la sesión están en la imagen de abajo. ⬇️ Organiza el Instituto Cervantes de Milán, Italia.
Jueves 12 a domingo 15 de marzo — Alberto estará en la feria UANLeer de Monterrey, Nuevo León, para presentar Las máquinas enfermas (y tal vez para otra actividad sorpresa). Estén pendientes de nuestras redes para conocer más detalles.
Viernes 20 de marzo — Alberto estará en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY) para presentar, una vez más, Las máquinas enfermas. Antonio Flores Ramayo comentará el libro. La cita es a las 19:45 en el Salón Chichen Itzá, sala José Emilio Pacheco del Centro de Convenciones y Exposiciones Yucatán Siglo XXI de la ciudad de Mérida. ¡Y vienen más presentaciones en otros lugares del país!
Qué estamos leyendo
Raquel — Ahora sí he estado bien activa con mis lecturitas. Este mes leí If, de Fernando de León, un libro de narrativa que se compone de dos novelas y una colección de cuentos, todos con una característica muy interesante: a partir de historias ya existentes (algunas de ficción, otras reales), nos regala nuevos ángulos y puntos de vista. Es un libro hermoso, hermoso.
Pero también leí en estos días Duro de olvidar… me cae!, de Gustavo Jesús Gonzalí Mayoral, a quien conocí recién en Tapachula, Chiapas. El libro es una memoria personal en la que el autor es narrador y testigo, pero el verdadero protagonista es la propia ciudad que lo vio nacer. Escrita con ingenio, humor y una capacidad narrativa envolvente, este libro es un verdadero tesoro, quizá no desde el punto de vista literario pero sí desde el histórico. Ojalá se le prendiera el foco a alguuuna secretaría de cultura y se le ocurriera hacerle una reedición, digo yo.
Ya para acabar esta notita sobre mis lecturas, les cuento que estoy empezando el nuevo libro de Lydiette Carrión, Feminicidio mítico, en el que la autora nos cuenta la manera en que los feminicidios son convertidos en objeto de consumo cultural. Apenas voy empezando, pero ya me doy cuenta de que, como La fosa de agua, libro anterior de Lydiette, es una investigación rigurosa, que no por empática deja de ser dura, dolorosa -pero necesaria.
Alberto — Estoy leyendo Una teoría crítica de la inteligencia artificial. Es un ensayo bastante largo de Daniel Innerarity, filósofo y profesor universitario español. El libro apareció el año pasado, publicado por Galaxia Gutenberg, y su autor lo escribió a lo largo de los cuatro años anteriores, es decir, empezó antes de que los modelos de lenguaje de gran escala (como ChatGPT y todos los similares) se pusieran de moda. Esto podría parecer un problema, pero la verdad es que Innerarity se mantuvo al tanto de todos los avances de la tecnología en los últimos tiempos y (más importante) lo que discute no es únicamente las aplicaciones más superficiales de las “IA”, sino sus orígenes y las posibles repercusiones de su uso en la política del mundo. Innerarity argumenta que los estados y gobiernos humanos han buscado maneras de obtener y controlar información desde siempre, y que en ese sentido los “algoritmos” de los que hoy se habla todos los días no son tan nuevos. No sé si estoy de acuerdo con todo lo que dice el libro: su postura es más optimista que la mía. Pero da gusto poder leer a alguien que fundamenta sus opiniones de manera muy clara y razonable, sin pasar de inmediato a argumentos de mala fe como tantas personas en redes sociales. (Esta, por cierto, es una virtud de todos los buenos ensayos, y una razón para recomendarlos siempre.)
La película del mes

Todo empezó, para nosotros, con una publicación en Instagram de la Biblioteca del Congreso gringo (@librarycongress en Instagram): en una donación reciente, habían encontrado una película perdida de Georges Méliès, el papá indiscutible del cine fantástico y de ciencia ficción.
En ésta, su casa, nos emocionamos muchísimo: conforme más tiempo pasa, más infrecuente es que se hagan descubrimientos de esta índole, mucho más si tomamos en cuenta que las películas de los primeros años del cine estaban hechas con materiales fácilmente inflamables, y que durante mucho tiempo se les consideró “entretenimiento menor” y no “piezas de arte dignas de ser protegidas”. Con todo, los milagros ocurren (recién hablamos de uno de esos en el programa del 24 de febrero, que pueden ver aquí):
Así que corrimos (metafóricamente) a ver el filme recién descubierto, Gugusse et l’Automate, que podríamos traducir como Gugusse y el autómata. Realizado en 1897, es un cortito de poco más de un minuto, en el que el payaso Gugusse controla a un muñeco mecánico vestido de Pierrot que está de pie sobre una caja con una palanca. El autómata, que empieza del tamaño de un niño, se mueve cada vez que Gugusse acciona la palanca de la caja. Pero entonces pasa algo inesperado… que no les vamos a contar, para que mejor lo vean con sus propios ojitos-de-estrella. Eso sí, les adelantamos que los efectos especiales que usaba Méliès siguen siendo frescos y sorprendentes a pesar de que estamos ya en la época del CGI, la IA y el WTF.
Hay tanto que les queremos decir sobre el cortometraje y su creador, que mejor haremos un programa al respecto este mes. Mientras tanto, pueden ver (y descargar libremente) el filme en esta página.
Entre todos los pendientes (y un par de momentos de malestar que me han hecho perder tardes o hasta días enteros, ay), últimamente he estado tratando de hacer lo que se supone que es mi actividad principal. Es decir, he estado tratando de escribir y avanzar en mis proyectos pendientes. He tenido mis buenos días, y ahí voy, avanzando. Pero incluso haciendo eso se me atraviesan distracciones, de esas que en esta época parecen acechar en todas partes.
Les puedo contar, por ejemplo, que me invitaron a proponer un cuento a una publicación; puede ser que lo acepten, puede que no, pero es una oportunidad interesante y… la única desventaja grande es que el cuento debe ser totalmente nuevo. ¿Qué hacer? No tengo cuentos nuevos; el último que hice es este, para la revista Magis, pero ya tiene algo de tiempo, y precisamente ahora tendría que estar concentrado en una novela (o quizá dos, o máximo tres, que ya están comenzadas, por no hablar de otra más que Raquel me dice que debería escribir)…, en vez de distraerme pensando en una idea nueva de cero. Como, además, realmente no se me ocurría nada, fui a abrir mi cajón más secreto y oculto. No es literalmente un cajón, por supuesto, sino una carpeta de archivos almacenados desde hace mucho tiempo: textos inconclusos, ideas que en su momento no llegaron a ninguna parte, proyectos que por una razón u otra no continué. Los guardo por si las dudas: por si alguna vez puedo tratar de reutilizarlos, concluirlos, sacarlos a la luz.
Y me llevé una sorpresa. ¡Tenía un cuento casi completo, de la longitud requerida, que había archivado en el año 2001! Hace un cuarto de siglo. Qué barbaridad. Además de hacerme sentir viejo, el cuento me sorprendió porque no recordaba absolutamente nada de él. Puedo ubicar el momento en el que lo estaba escribiendo, de qué modo es más probable que se me ocurriera y hasta qué ánimo tenía en aquel tiempo. ¿Pero el argumento? Nada. ¿Los personajes? Nada. Son muchos, eso sí.
Y ahora estoy revisando ese cuento que llegó del pasado. Si me desean suerte (y sobre todo, velocidad) se los agradeceré.
En estos días he visitado con frecuencia el repositorio digital del Archivo General de la Nación, como parte de la “preproducción” de lo que tengo que empezar a escribir. La cosa es que el repositorio es un mundo lleno de sorpresas y me cuesta muchísimo trabajo ir a lo que voy, y ya: en vez de eso, me pierdo dando clics en carpetas que no sabía que existían y de pronto ya estoy viendo fotografías del zócalo en la década de 1970, mapas militares de Tapachula y Tijuana, o las últimas imágenes de la cárcel de Lecumberri. Se me puede hacer de noche y luego de día y de noche otra vez, y cada nueva sorpresa se suma a las anteriores y me hace darme cuenta de lo poco que sé de la historia de mi país, de mi ciudad. Entre mis últimos descubrimientos está un material maravilloso de 1913, en el que registraron manzana por manzana lo que era entonces la ciudad de México, indicando el nombre de las calles, el uso de cada construcción, los medios de transporte que había… no, bueno, una belleza. Me pasé como dos horas en eso hasta que encontré el predio exacto en el que viví hasta 1992 (ventajas de haber vivido en el Centro Histórico, porque la ciudad era bastante chiquitina en 1913). En el proceso, encontré nombres de calles que me hacen soñar, como “Avenida de los siete príncipes” o “Callejón de los mosquitos”; otros que ya conocía y que, al encontrarlos, sentí que me reencontraba con viejos amigos, como me pasó con “Calle de La Machincuepa” o “Sepulcros de Santo Domingo”; y giros de negocios que me hacen pensar en cómo ha cambiado la vida cotidiana en poco más de un siglo. Lo que no encontré es un modo de dejar de estar ahí, maravillándome, en vez de ponerme a trabajar. Se aceptan sugerencias.
Y el gato del mes es…






¡Muchas gracias por acompañarnos!
—Alberto y Raquel







Ya lo compartí.
Muchas gracias. Me encanta leer todo lo que escriben. Saludos afectuosos. 🤗